Aparecer.
En Lisboa le pregunté a la chica de recepción qué debía ver y cómo llegar. Me lo explicó todo. Salí a la calle y fui en otra dirección.
No fue un plan. Fue más bien un impulso. Y terminé en una terraza pequeña, con un libro y un té, sin haber visto nada de lo que se suponía que tenía que ver.
Ese fue el mejor rato del viaje.
Hubo un tiempo en que alguien me organizaba los viajes enteros. Yo solo tenía que aparecer en el aeropuerto. Era un lujo. Entonces no sabía que lo era.
Ahora llego a los sitios sin haber mirado nada. A veces es un caos. Otras, descubro lugares que nunca estarán en una lista.
No sé cuál de las dos versiones prefiero.
Bueno, sí lo sé.